Para todas las madres e hijos

Lima, 8 de mayo del 2010


Cuando somos niños, el centro de nuestro mundo es nuestra madre, queremos estar siempre a su lado.

Cuando somos adolescentes y jóvenes, lo que queremos es apartarnos un poco de nuestra madre para estar más cerca de la chica que nos gusta y de nuestros amigos, que es una familia paralela a nuestra familia real.

Es recién, cuando somos adultos que entendemos y comprendemos racionalmente todo lo que ha hecho nuestra madre por nosotros.

Entendemos que era hermoso sentir el cariño con que nos besaba y nos abrazaba. Así tuviera problemas, para nosotros siempre tenía una sonrisa o una mirada cariñosa. Era asombroso cómo podía saber que nos sentíamos tristes o deprimidos, sin que tuviéramos que decírselo; y, nos consolaba sin que tuviéramos que explicarle cuál era la causa de nuestra tristeza.

Luego de un día de agotador trabajo, llegaba a la casa y se daba tiempo para estar con nosotros y conversar. Los sábados nos llevaba de paseo y estaba pendiente que nosotros nos divirtiéramos. En nuestro mundo infantil no existían, ni debían existir los problemas. A la vez era transparente y clara para explicarnos que existían cosas materiales que no podíamos tener debido a que eran muy costosas y no eran cosas fundamentales.

Era tan inteligente para saber que la educación era el único camino que teníamos para progresar. No nos controlaba autoritariamente para que hagamos nuestra tarea, pero nos incentivaba sabiamente la gran responsabilidad de estudiar. Principalmente, nos educaba con el ejemplo. No podíamos decepcionarla, no se lo merecía, pues sabíamos que se “mataba” trabajando para que nosotros logremos lo que ella y nuestro padre quizá no pudieron lograr.

Nos “obligaba” a ir todos los domingos a misa y nos enseñaba a rezar, porque consideraba que también era importante una buena formación espiritual.

Nos daba libertad para equivocarnos; pero también sabía en qué momento “nos debía cerrar la puerta de la casa” para evitar que cometiéramos un grave error que podría cambiar negativamente nuestra vida.

No sé si así serán todas las madres. Yo sólo les cuento algunos aspectos de cómo era la mía. Pero, si puedo afirmar con pleno conocimiento que toda mujer, o la gran mayoría de ellas, mejora o cambia positivamente cuando se convierte en madre. Eso, creo, se debe a que en ese momento ya no piensan en ellas mismas, sino en su hijo o hija. Eso es lo que genera el amor desinteresado entre madres e hijos.

No pretendo decir que las madres sean unas santas. También se han equivocado y se equivocan. Finalmente, son seres humanos, pero con un gran corazón y un gran amor para sus hijos.

Comentarios